Lo más leído

La primera impresión de Dubái: por qué una viajera se queda con su gente, no con los rascacielos

La primera impresión de Dubái no la dan los rascacielos, la da la gente. Suena a frase de folleto, ya lo sé. Pero es exactamente lo que me pasó a mí al aterrizar aquí, y es lo que acaba de contar una viajera india que se ha hecho viral precisamente por eso.

Lo que de verdad te descoloca el primer día

Se llama Shubhangi Zanan. Según recoge Hindustan Times, se sentó con su marido en el Dubái Mall con un café y se pasó más de una hora sin moverse del sitio. No estaba mirando la fuente ni el acuario: estaba mirando a la gente. Cómo visten, cómo caminan, cómo se saludan entre ellos. ‘Más que la infraestructura, lo que me tiene alucinada es la gente’, resumió.

Te confieso que esa escena la he vivido yo, solo que al revés. Mi primer mes en Dubái también me lo pasé mirando, y no era turismo: era intentar entender dónde me había metido.

Aquí conviven más de 200 nacionalidades, y eso no es un eslogan de campaña: se nota en la cola del supermercado, en el ascensor y en la parada del autobús. A mí lo que más me sorprendió fue la amabilidad cotidiana, esa que no esperaba. El salaam alaikum —la paz sea contigo, el saludo de aquí— te lo devuelve casi todo el mundo, aunque no te conozca de nada.

El día que dejé de mirar hacia arriba

vivir en Dubái

En Dubái se puede vivir con la vista clavada en las torres, en los rótulos y en el piso sesenta de turno. Y está bien hacerlo las primeras semanas, es parte del vértigo. Pero el día que dejé de mirar hacia arriba empecé a entender de verdad la ciudad.

Lo que hay abajo es otra cosa. Un señor con kandura —la túnica blanca tradicional— parándose a preguntar a un repartidor por su familia. Una mujer con abaya organizando a media docena de nietos a la puerta de la mezquita. Dos recién llegados de países distintos compartiendo taxi porque ninguno llevaba efectivo encima. Y una norma no escrita que aprendes rápido: nadie se molesta porque no le hagas una foto, pero sí si se la haces sin preguntar.

Lo que te atrapa de Dubái no está arriba, en las torres, sino abajo, en la forma que tiene la gente de saludarse.

Ese cambio de mirada tarda semanas, no años. Cuando llega, ya no ves una postal: ves el sitio donde vas a hacer la compra, a recoger a los niños del cole y a sudar en agosto con 42 grados a la sombra como todo el mundo.

Lo que la postal no te cuenta cuando ya llevas años aquí

Ahora viene la parte que no sale en los vídeos. La primera impresión de Dubái es de asombro; la segunda, la que llega al tercer o cuarto mes, es de soledad. Es normal y le pasa a casi todo el mundo, aunque nadie lo cuente en redes.

Te lo digo por experiencia: mi primera compra grande la hice con el móvil en la mano, buscando dónde encontrar un pan decente y unas lentejas que supiera cocinar sin traducir la etiqueta. En la sección de embutidos se me hizo un nudo tonto en la garganta, de esos que no tienen nada que ver con Dubái y todo que ver con la nostalgia. Al día siguiente una compañera española me metió en un grupo de WhatsApp de hispanohablantes y el mundo se hizo mucho más pequeño.

Porque sí, la comunidad hispanohablante de Dubái es mucho más grande de lo que imaginas antes de llegar. No hay un censo oficial que la mida, pero se nota en los grupos de padres del colegio, en las panaderías que abren a las siete, en los partidos de fútbol de los viernes y en los restaurantes donde pides una tortilla y te entienden a la primera. Españoles, mexicanos, argentinos, colombianos y venezolanos llevan años construyendo esa red, y es la que te salva el primer año.

Y aquí va el matiz honesto que nadie te da antes de mudarte. La amabilidad de Dubái es real, pero es una amabilidad de ciudad que va muy rápido: la gente entra y sale, las amistades se hacen y se deshacen en meses porque medio mundo está de paso. En España la vida social te la da la calle; aquí la vida social te la tienes que construir tú, y eso cansa al principio. También está el calor, la humedad, y las distancias, que en verano convierten cualquier recado en una pequeña expedición. No te voy a engañar: los dos primeros meses son duros.

Lo que haría distinto si volviera a llegar mañana

Lo primero: dejar de medir Dubái con el metro de casa. Aquí las cosas funcionan diferente y eso tiene su encanto, pero hay que aceptarlo desde el día uno. Si vienes por trabajo, mira el alquiler antes de firmar nada: un piso de dos habitaciones en JLT —Jumeirah Lakes Towers, una de las zonas favoritas de las familias hispanohablantes— ronda los 110.000 dírhams al año, unos 28.000 euros, y se paga en uno o dos cheques en lugar de mes a mes.

Para moverte, la nol card (la tarjeta recargable del metro, el tranvía y los autobuses, que se compra y se recarga en cualquier estación) cuesta unos pocos dírhams y te ahorra un dineral en taxis. Si vas a conducir, prepárate para la salik, el peaje sin barreras que te cobra solo con pasar por debajo. Las tarifas y el alta del vehículo los lleva la autoridad de transporte de Dubái, y ahí está todo detallado.

El calendario también manda. De mayo a septiembre la vida se organiza al revés: se madruga, se hacen los recados antes de las diez y las actividades de verdad empiezan cuando cae el sol. En verano, el aire acondicionado no es un lujo: es la infraestructura básica de tu día.

Y luego está el Ramadán, el mes de ayuno, que es una de esas cosas que nadie te explica bien antes de llegar.

Durante ese mes cambian los horarios de casi todo y no se come ni se bebe en público durante las horas de luz. No es una prohibición para fastidiar a nadie: es la vida de la ciudad funcionando a otro ritmo, y respetarlo te abre puertas. Si quieres entender qué significa el mes, hay una explicación sencilla del Ramadán en Wikipedia.

Lo que sí conviene mirar con calma es la parte de impuestos y salarios, que aquí tiene poco que ver con lo que conoces de casa. Un contrato que parece redondo puede no serlo según cómo se estructure, y esa parte la desarrollamos paso a paso en nuestra guía de fiscalidad para residentes.

Si algo me ha enseñado este tiempo es que la primera impresión de Dubái se la llevan los edificios, y la última se la queda la gente. Yo llegué mirando hacia arriba. Hoy miro a los lados: a la cola del pan, al saludo del vecino, a la amiga que me metió en aquel grupo de WhatsApp y que hoy es familia. Empieza por la gente. El resto de la ciudad viene solo.

Para que no te pille por sorpresa

  • Lo más importante: la ciudad se disfruta fuera del centro comercial: en el saludo del vecino, en el grupo de padres del colegio y en la panadería de barrio.
  • El error más común: pensar que la adaptación será rápida porque todo funciona. La segunda impresión llega al tercer mes y se llama soledad; anticiparla hace que duela mucho menos.
  • Te recomiendo: apuntarte antes de llegar a un grupo de hispanohablantes en Dubái y moverte en metro las primeras semanas con la nol card.
  • Para sonar local: ‘yalla’ (vamos, venga: se usa para arrancar una conversación, para despedirse y para casi todo).

Artículos Populares