La Bienal de Arte Público Abu Dabi arranca en Al Ain con unas cuentas rojas y verdes visibles desde cien metros. Están en mitad de una rotonda, sobre el césped, y desde lejos parecen flores gigantes. Cuando te acercas, descubres que en realidad son el tocado tradicional que una familia emiratí guarda en casa desde hace décadas.
La rotonda de Al Towayya: ochenta metros de tocado emiratí
La instalación se llama Tassa y firma el regreso de Roudhah Al Mazrouei a la segunda edición de la bienal. Ocupa la rotonda de Al Towayya con 80 metros de diámetro de formas triangulares, circulares, florales, y de lágrima que se abren desde el centro, todas en dorado y todas encadenadas, con las cuentas repartidas como piedras preciosas sobre la hierba. De cerca impone. De lejos, desconcierta.
La obra nace de una pieza real: un tocado emiratí que está en casa de sus padres. ‘Existe de verdad en la casa de mis padres’, explica la artista. ‘Lo hemos llevado en tantos eventos. Es una forma de mostrar cómo crecemos con nuestra cultura.’ No es la primera vez que Al Mazrouei trabaja con joyas de familia: en 2024 ya convirtió la pulsera heredada de su madre en una pieza sobredimensionada para la plataforma Sikka.
Hay un detalle que explica por qué esta obra está justo ahí y no en otro sitio. Al Mazrouei creció en Al Ain y su colegio estaba al final de esa misma calle. Encaja con el tema de esta edición: la idea de hogar como glosario compartido, esa palabra que usamos tanto que casi nadie se detiene a mirarla.
Tres piezas más en un oasis que es Patrimonio Mundial

Tassa es la única instalación dentro del casco urbano de Al Ain. Las otras tres se han colocado en el oasis de Al Qattara, un espacio declarado Patrimonio Mundial por la Unesco donde el agua todavía corre por canales de riego milenarios. Ahí el arte no compite con el paisaje: lo comenta.
En ese oasis está Bil Hana wa Al Afia, de Asunción Molinos Gordo, levantada en tierra apisonada y con siete capas que resumen la historia de Al Ain desde el Neolítico. Su forma imita la estructura interna del falaj, el sistema de riego milenario que todavía reparte agua en muchas fincas del país, y entre la tierra aparecen objetos enterrados: cerámica, juncos de palmera, cintas de casete y mandos de aire acondicionado. La historia, literalmente, estratificada.
Nada de esto está detrás de una vitrina: se toca, se rodea y se ve desde el coche. El arte público solo funciona cuando se vuelve paisaje.
Thresholds: Requiem (The Last Call), de Reena Saini Kallat, habla de otro tipo de ausencia. Dos pares de aparatos cónicos inspirados en los localizadores acústicos del siglo XX —esos que buscaban aviones en el cielo— descansan sobre una plataforma de escucha, solo que aquí no escuchan motores: escuchan el canto de aves extinguidas o en peligro crítico, como el gorrión oscuro de las marismas y el halcón sacre.
Y en I am not the stone thrown into the water, but the seed sown in the field, M’barek Bouchichi levanta dos torres de palomas de acero inoxidable en lugar de ladrillo de barro, más resistentes y más frías. Lo mejor está en la superficie: los patrones porosos de las torres traducen a braille las canciones que cantaban los marineros del Golfo en sus travesías largas. Se puede tocar la nostalgia.
Lo que cambia cuando el arte público tiene cincuenta años
Aquí viene lo que a mí me hace pensar. En España crecimos rodeados de patrimonio: una fuente del siglo XVIII, un crucero, una plaza mayor. Cuando aparece una escultura nueva en una rotonda, la reacción habitual es la broma y la pregunta por el presupuesto. En los Emiratos el arte público no compite con siglos de herencia: lo está escribiendo desde cero, y por eso casi todo lo que se instala habla de memoria familiar, de agua compartida, de lo que se hereda.
La verdad es que verlo bien tiene su logística. A 42 grados no se pasea: se conduce, y estas piezas están pensadas para mirarse desde el coche y desde una acera que quema. Al Towayya funciona a cualquier hora porque es una rotonda abierta, pero el oasis de Al Qattara pide horario, pide agua en la mano y pide no improvisar en agosto. El plan es bueno; el plan es de invierno.
Para una familia hispanohablante con niños, el cálculo es sencillo: hora y media de coche desde Dubái y un paseo que no tiene taquilla ni cola. Eso sí, conviene juntarlo con el resto de la ciudad —el oasis de Al Ain, el mercado de camellos, la subida a Jebel Hafeet— para que el viaje no se quede en cuatro fotos. Y te aviso: los niños van a recordar más las cuentas gigantes que cualquier museo con audioguía. A mí me pasa lo mismo.
Cuándo ir, qué falta por abrir y qué no te cuesta nada
La bienal acaba de abrir en Al Ain y se extenderá hasta el 15 de febrero de 2027. El 15 de noviembre llegará la segunda tanda, esta vez repartida por Abu Dabi capital, así que hasta febrero hay margen para hacer las dos ciudades. La dirección artística es de Elvira Dyangani Ose, que ha planteado la cita como un glosario incompleto: definiciones parciales que cada visitante termina de escribir.
Si vas, ve temprano. Las mañanas de noviembre a marzo son las únicas en las que el paseo se disfruta de verdad, y el oasis agradece la luz baja. Sobre horarios y accesos del recinto, lo más fiable es consultar la web oficial de turismo de Abu Dabi antes de salir: las piezas están al aire libre, pero el sitio tiene sus propias reglas.
Vete con tiempo y sin prisa. Estas obras no están para el selfi de diez segundos: están para que un niño pregunte qué es un falaj y para que tú, de paso, entiendas que este país lleva medio siglo construyendo su memoria en voz alta. Si algo te llevas de Al Ain, que sea eso.
Para que no te pille por sorpresa
- Lo más importante: la segunda Bienal de Arte Público de Abu Dabi arranca en Al Ain y puede visitarse hasta el 15 de febrero de 2027; la tanda de Abu Dabi capital se presenta el 15 de noviembre.
- El error más común: ir a mediodía en verano. Casi todas las piezas están al aire libre y el calor de Al Ain no perdona; madruga o espera a que caiga el sol.
- Te recomiendo: empezar por la rotonda de Al Towayya, abierta y sin taquilla, y bajar después al oasis de Al Qattara consultando antes el horario del recinto.
- Para sonar local: ‘falaj’ (el canal de riego milenario que reparte el agua por los oasis; en Al Ain todavía sigue en uso).

