Arab Hope Makers abre sus inscripciones y reparte un millón de dírhams entre quienes ayudan sin hacer ruido. No es un concurso de ideas brillantes ni de vídeos que se hacen virales. Es un premio para gente que lleva años resolviendo problemas reales en su barrio, muchas veces sin que nadie sepa su nombre.
Un premio de un millón de dírhams para quien ya está cambiando algo
La convocatoria acaba de arrancar. La séptima edición de Arab Hope Makers la lanzó el jeque Mohammed bin Rashid, vicepresidente de los Emiratos y gobernante de Dubái, y reconoce a personas, grupos de voluntarios, y organizaciones sin ánimo de lucro que están transformando sus comunidades. Se presenta como la iniciativa más grande de su tipo en el mundo árabe, y los números lo sostienen.
El proyecto nació en 2017 bajo el paraguas de MBRGI, las Mohammed Bin Rashid Al Maktoum Global Initiatives. En seis ediciones han pasado por él más de 335.000 participantes, una cifra que da vértigo si piensas que cada uno arrastraba detrás a una familia, un barrio o un pueblo entero. El ganador recibe un millón de dírhams, unos 272.000 dólares, en torno a un cuarto de millón de euros, y ese dinero suele convertirse en años de trabajo para organizaciones que hasta entonces pagaban las facturas de su bolsillo.
Cómo se presenta una candidatura (y qué se mira de verdad)

Las inscripciones están abiertas en la web oficial del premio. Puede presentarse cualquiera, desde la región árabe o desde fuera de ella, siempre que el proyecto sea voluntario, sin ánimo de lucro y esté orientado a desarrollar la comunidad, aliviar el sufrimiento o resolver un reto local. No se pide un gran presupuesto: se pide trabajo sostenido. Y aquí viene lo bueno: si vives en los Emiratos y llevas años moviendo algo en tu tiempo libre, esa iniciativa también cuenta. Spoiler: no hace falta ser famoso.
‘Cultivar la esperanza es un triunfo de la vida misma’, dijo el jeque Mohammed durante el anuncio. ‘La esperanza que cultivamos hoy dará prosperidad, paz y seguridad en la vida de las personas mañana.’ Después añadió que los Emiratos seguirán siendo ‘una nación de buenas obras y optimismo, que inspira un cambio positivo en la región y en el mundo’.
Nadie te enseña a sostener una causa durante años: eso se aprende un martes cualquiera, cansado, cuando nadie te está mirando.
Mohammed Al Gergawi, ministro de Asuntos de Gabinete y secretario general de MBRGI, puso el foco en lo que estas historias cuentan del mundo árabe: ‘la iniciativa ilumina las grandes cosas de nuestras sociedades y el talento de quienes se dedican a mejorar la vida de los demás con sinceridad’. El plazo y las bases completas se consultan en la web del premio, que es donde aparecen también los criterios de evaluación y los documentos que hay que adjuntar.
Las historias que ya ganaron (y que te van a remover algo)
La edición de 2025 la ganó Fouzia Mahmoudi, de Marruecos, después de que su fundación, Operation Smile, realizara más de 19.000 operaciones a niños nacidos con labio leporino o paladar hendido. Diecinueve mil. Léelo otra vez. Cada una de esas operaciones es un niño que vuelve al colegio sin que le señalen con el dedo.
Los otros dos finalistas, Hend Alhajri, de Kuwait, y Abderrahmane Rais, de Marruecos, también recibieron un millón de dírhams cada uno. Ella fundó Fatima House, un refugio para niños huérfanos en Tanzania. Él puso en marcha una iniciativa humanitaria para viudas y mujeres en situación de necesidad en Marruecos. Aquella edición repartió tres millones de dírhams en total, y de paso dejó una idea clara: no hace falta elegir entre causas grandes y pequeñas, solo entre lo que se sostiene y lo que no.
Por qué un premio así encaja con la cultura de aquí
Si vienes de España o de Latinoamérica, la palabra caridad te suena a campaña de Navidad. Aquí tiene otra textura. El zakat, la limosna obligatoria que forma parte de los pilares del islam, y la sadaqah, la caridad voluntaria, llevan siglos estructurando la vida en común, y eso se nota en cómo se organiza la ayuda: discreta, constante y muy de barrio. Durante el Ramadán esa lógica se multiplica, con repartos de iftar —la comida con la que se rompe el ayuno al caer el sol— en los que participa gente de todas las confesiones.
Un premio que reconoce a voluntarios de todo el mundo árabe, vengan de donde vengan, encaja con esa forma de entender la solidaridad. También con algo más terrenal: aquí la filantropía forma parte de la vida pública, se transmite de padres a hijos y se cuenta sin vergüenza. Ver a tu vecino organizando algo no resulta raro; es casi lo esperable.
Lo que el voluntariado hispanohablante me enseñó en Dubái
Te lo digo por experiencia: cuando llegué, pensaba que aquí el voluntariado sería cosa de expatriados con mucho tiempo libre y poco apego al lugar. Me equivoqué. En los años que llevo viviendo en Dubái he visto a grupos de españoles y latinoamericanos cocinar durante el Ramadán para quien rompe el ayuno, organizar limpiezas de playa en Jumeirah un sábado a las siete de la mañana y llenar cajas de comida en trasteros de Al Quoz que parecían no tener fondo.
Lo que nadie cuenta es que coordinar todo eso aquí cuesta más que en España. Allí tienes Cruz Roja, Cáritas, la asociación del barrio y una infraestructura con décadas de rodaje. Aquí funciona mucho por redes personales: grupos de WhatsApp, un amigo que conoce a alguien, una comunidad parroquial o una mezquita que abre la puerta a quien llega. La comunidad hispanohablante es enorme, pero está dispersa entre barrios y horarios, y eso hace que la ayuda sea más artesanal.
La verdad incómoda: en agosto, con 42 grados a las cinco de la tarde, la buena voluntad se mide en si apareces o no. Yo he fallado más veces de las que me gustaría reconocer. También he aprendido que aquí no hace falta ser experto en nada para empezar; hace falta constancia y alguien que te diga dónde poner las cajas. Y si llevas tiempo dándole vueltas a presentar un proyecto a Arab Hope Makers, hazlo. El peor escenario es que no pase nada; el mejor, que tu idea deje de ser tuya y empiece a sostener a otros.
Mientras escribo esto pienso en las cajas de comida de aquel sábado, en el ruido de la cinta adhesiva y en la cara de quien las recibía. No había cámaras. Tampoco hacía falta. Ese es exactamente el tipo de historia que este premio lleva siete ediciones buscando.
Para que no te pille por sorpresa
- Lo más importante: el premio está abierto a personas, grupos de voluntarios y ONG de la región árabe y de fuera de ella; el proyecto debe ser voluntario y sin ánimo de lucro, y la inscripción se hace en arabhopemakers.com.
- El error más común: pensar que hace falta una fundación constituida o un gran presupuesto. Lo que se valora es el impacto sostenido en la comunidad, no el tamaño del currículum.
- Te recomiendo: antes de redactar nada, apunta en una hoja a cuántas personas llega tu proyecto al mes y desde cuándo. Ese dato, contado con honestidad, vale más que cualquier presentación brillante.
- Para sonar local: ‘in sha’ Allah’ (‘si Dios quiere’; se usa para casi todo, también para decir ‘ya veremos’).

