Hay una normalidad extraña entre los españoles en Emiratos, una calma que no se parece a la de antes. Nadie alza la voz, pero todos escuchan distinto. Han pasado seis meses desde que el cielo sobre Dubái, a unos 150 kilómetros del Estrecho de Ormuz, se llenó de interceptaciones y la pregunta era si quedarse o hacer las maletas.
Seis meses después de la tormenta
Pablo Lemos, un joven de 27 años que trabajaba como becario en una consultora de Dubái, lo resume sin rodeos: cuando el conflicto con Irán estalló el 28 de febrero, entre alertas y alguna interceptación, no sabía si aquello iría a más. Se dejó llevar por lo que hacían el resto de compañeros y conocidos españoles. Estuvo tres semanas en España y, cuando pasó lo más intenso, regresó a Emiratos para retomar su vida.
La escena que recuerda Quique Urrutia, vitoriano que lleva más de veinte años viviendo en Oriente Medio junto a su mujer, tiene la claridad de quien mira al cielo en plena madrugada. Desde la terraza, dirección a Dubái, vio salir uno tras otro los contramisiles para interceptar los misiles lanzados desde Irán. Llegó a contar 96. ‘Se veían y se oía el fun fun’, explica. Hoy dirige una empresa de diez empleados y repite la palabra normalidad ocho veces en una sola conversación.
Esa normalidad se nota incluso en los planes inmediatos. Urrutia esperaba estos días la visita de sus hijos y su nieta pequeña, que llegaban para una feria importante, la Middle East Energy, con participación de más de veinte empresas españolas y más de cincuenta países con pabellones oficiales. El calendario profesional vuelve a moverse, y eso en Dubái es un signo de vida.
La decisión de irse o quedarse

Xavi Solanes, abogado catalán de 36 años afincado en Dubái, no hizo las maletas. Después de dos semanas sin ver un ataque grave contra la población, tuvo claro que no había peligro para los residentes y que no merecía la pena irse. Según cuenta, la gran mayoría de sus conocidos se quedó. Los que se marcharon al inicio del conflicto, añade Urrutia, fueron sobre todo familias con hijos. Muchos han vuelto ya a los Emiratos.
Las alertas por ataques aéreos siguen llegando al móvil, pero con mucha menos frecuencia. Solanes recuerda que en los primeros días sonaban cinco veces al día. La última que comenta Urrutia sonó el 16 de agosto. Entre medias, la vida recuperó su ritmo sin dramatismos: colegios, oficinas, mercados, madrugones y ese calor que no perdona.
La calma en Dubái no es ausencia de miedo: es saber que la vida puede continuar incluso cuando el cielo se enciende.
En aquella etapa, un dron alcanzó el hotel Fairmont The Palm, situado en Palm Jumeirah, uno de los lugares más reconocibles de la ciudad. El ataque provocó un incendio en la zona del aparcamiento y daños exteriores, con cuatro personas heridas y ningún fallecido. Solanes lo resume con una frase: aquello causó más daño mediático que material.
Una colonia que no aparece en las listas
Emiratos Árabes Unidos acoge a unos 13.000 españoles de los 30.000 que viven en todo Oriente Medio, según los datos ofrecidos por el Gobierno de España al inicio de la contienda. Es la colonia española más grande de la región. Pero Solanes advierte de que la cifra real es mayor. Mucha gente no se inscribe en el registro consular por pereza, por desconocimiento o porque no quiere aparecer en ninguna lista. Viven en Emiratos, aunque el consulado español no lo sepa.
La mayoría de los fallecidos civiles en estos seis meses —ocho en total, según recoge el diario Khaleej Times— eran trabajadores de origen pakistaní, nepalí, bangladesí, palestino, indio y egipcio. En un país de unos 11 millones de habitantes, apenas el 13% de la población ha nacido allí. Ese dato explica muchas cosas sobre la vida diaria y sobre la sensación de comunidad flotante que se respira en calles y edificios.
Vivir con la incertidumbre sin que te pese
Axel Costa, emprendedor con varias empresas en Dubái, tiene una queja que aquí se oye a menudo: veía los informativos de España durante el conflicto y sentía que la imagen que llegaba no tenía nada que ver con lo que estaba viviendo. Para las familias de quienes están fuera, ese dramatismo añade un daño psicológico innecesario. Pablo Lemos lo comparte: cuando se exagera la situación, quienes están lejos sufren más que quienes están aquí.
La comparación con España surge sola. En España, un ataque aéreo es una imagen de película. En Dubái, el miedo se administra en alertas al móvil y en la confianza en las defensas aéreas. Ni la vida se detiene ni la rutina se rompe del todo: se aprende a calcular el riesgo sin olvidar que el cielo puede encenderse. Esa es la verdad incómoda que no aparece en los titulares.
Los españoles que consultamos hablan bien del gobierno emiratí y de su gestión. ‘Lo han gestionado con una tranquilidad que nos ha llegado a todos’, dice Urrutia. Solanes añade que quienes residen en el país saben que están protegidos y que no ha habido destrucción significativa. Y mientras tanto, la vida sigue: los hijos llegan de visita, las ferias se celebran, las cafeterías se llenan y el metro vuelve a ir lleno a las horas punta.
Lo que queda después de seis meses no es la guerra, sino la certeza de que la normalidad aquí se negocia cada día. Emiratos no es un sitio sin tensiones, pero sí un lugar donde la vida se empeña en continuar. Y los españoles que se fueron han vuelto, con una maleta llena de preguntas y una respuesta clara: aquí sigue habiendo futuro.
Para que no te pille por sorpresa
- Lo más importante: La colonia española en Emiratos es la más grande de Oriente Medio y la vida ha recuperado su ritmo tras el conflicto, aunque las alertas pueden sonar de forma puntual.
- El error más común: No inscribirse en el registro consular. Muchos españoles viven en EAU sin que el consulado lo sepa, lo que complica cualquier asistencia o trámite en caso de emergencia.
- Te recomiendo: Seguir las comunicaciones oficiales del consulado español en Dubái o Abu Dabi y mantener la app de alertas activa sin dramatizar cada aviso.
- Para sonar local: ‘Yalla’ (vamos, date prisa), una palabra que se usa para todo cuando la vida sigue.

