El cine lleva más de sesenta años recurriendo al mismo puñado de paisajes para contar sus historias más grandes. No es casualidad ni pereza creativa: es que ningún plató artificial reproduce la luz, la escala y el silencio de un desierto real.
Desde Peter O’Toole cabalgando en 1962 hasta Timothée Chalamet enfrentando gusanos gigantes en 2021, los desiertos de Jordania, Marruecos y Emiratos Árabes Unidos se han convertido en el decorado favorito de las superproducciones. Y en 2025, Christopher Nolan volvió a elegirlos para su versión de La Odisea.
El desierto que Denis Villeneuve no quiso simular con CGI
Cuando Denis Villeneuve se puso al frente de Dune, puso una condición innegociable al estudio: nada de pantallas verdes para recrear Arrakis. Quería arena real, viento real y luz real golpeando las cámaras IMAX.
El resultado fueron dos desiertos combinados: Wadi Rum, en Jordania, para las escenas rocosas donde se esconden los Fremen, y el desierto de Liwa, en Abu Dabi, para las panorámicas más extensas del planeta. Once días de rodaje en Liwa bastaron para capturar algunas de las imágenes más citadas de la película.
Un valle que ya era una estrella antes de Dune
El cine ha convertido a Emiratos Árabes Unidos en algo más que un país petrolero: hoy es también un plató a cielo abierto, con las Wadi Rum jordanas como epicentro histórico de esa fama. Este valle desértico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2011, lleva décadas prestando su paisaje lunar a Hollywood.
Antes que Villeneuve, ya habían pasado por allí producciones como Prometheus, Marte o Aladdin. La lista no deja de crecer, y cada nueva película añade una capa más a la leyenda del lugar.
De Sevilla a Áqaba: el precedente que lo empezó todo
Antes de que existiera el término «localización icónica», ya existía Lawrence de Arabia. La película de David Lean de 1962 fue la primera en demostrar que un desierto real podía ser el verdadero protagonista de una historia, por encima incluso del reparto.
Curiosamente, no todo se rodó en Oriente Medio: algunas escenas se filmaron en Sevilla, aprovechando arquitectura y luz similares. Pero fue Wadi Rum el que quedó grabado en la memoria colectiva como «el desierto de Lawrence», una etiqueta que el lugar arrastra siete décadas después.
Nolan retoma el testigo: Marruecos como la Troya perdida
Cuando Christopher Nolan empezó a rodar La Odisea en 2025, tenía el mismo dilema que Villeneuve: cómo representar civilizaciones antiguas sin que pareciera un decorado de cartón piedra. Su respuesta fue Aït Benhaddou, la ciudad fortificada de adobe marroquí que ya había servido de escenario en otras superproducciones épicas.
Allí, el equipo levantó un set descomunal para recrear la Troya derrotada tras la guerra. El rodaje se extendió por seis países —Marruecos, Grecia, Italia, Escocia, Islandia y Malta—, pero fue en tierras marroquíes donde nació la civilización que da inicio a toda la odisea de Ulises.
Entre las localizaciones marroquíes elegidas destacan varios enclaves con personalidad propia:
- Aït Benhaddou: la ciudad de adobe que se convirtió en Troya.
- Marrakech: escenas ambientadas en la antigüedad.
- Essaouira: exteriores costeros para secuencias clave.
- Tahannaout y El Haouz: paisajes del Atlas como telón de fondo.
Por qué estos paisajes seguirán siendo insustituibles
La tendencia no da señales de frenar. Con Dune: Part Three ya en marcha y estrenándose en diciembre de 2026, Wadi Rum volverá a aparecer en pantalla grande una vez más, cerrando una trilogía que empezó precisamente allí.
El consejo para quien quiera entender por qué estos lugares triunfan es simple: la autenticidad no tiene sustituto digital. Por muy sofisticado que sea el CGI actual, el público sigue reaccionando de forma distinta ante una luz que es real. Y mientras eso siga siendo cierto, el desierto seguirá ganando la partida a los estudios.


