La primera vez que escuché a una emprendedora latina decir que Dubái era el mejor lugar del mundo para una mujer con negocio, me detuve. Yo, que llevo años viviendo aquí, no lo había visto así. Pero luego hablé con Natalia, con Elena, con Anna, y entendí que no hablaban de postal. Hablaban de algo mucho más real.
Recientemente, el youtuber Adrián Sáez reunió a varias mujeres emprendedoras en Dubái para contar sus historias sin filtros, según recoge El Periódico. Y lo que emergió es un retrato de tres mujeres hispanohablantes que han encontrado en los Emiratos un ecosistema donde lanzar un negocio y escalarlo hasta cifras que marean. Pero no todo es dinero; hay razones más profundas.
¿Por qué Dubái es diferente para una mujer emprendedora?
Natalia Caballero exporta vehículos a Colombia, Venezuela, Paraguay y otros mercados latinoamericanos. Su empresa mueve alrededor de 200 coches al mes, con márgenes que oscilan entre 30.000 y 50.000 dólares. «El miedo es normal, porque emprender es lanzarse a algo inseguro», explica al youtuber, «pero uno tiene que hacerlo porque es salir de nuestra zona de confort». La flexibilidad que ha ganado le permite viajar con frecuencia, un lujo que valora casi tanto como las ganancias.
Elena Baltar, abogada formada en España, lleva cuatro años en los Emiratos y dirige una empresa que ayuda a constituir sociedades, conseguir visados, abrir cuentas bancarias e invertir en el mercado inmobiliario. Habla con la seguridad de quien ha vivido el antes y el después. «Todo el mundo cree que los Emiratos son un paraíso fiscal, pero la realidad no es así», aclara, refiriéndose al impuesto de sociedades del 9% que aplica cuando se supera cierto nivel de beneficios. Para ella, la verdadera ventaja reside en las oportunidades y los contactos: «Cuando vas al gimnasio o a una cafetería, hay gente muy rica, hay gente millonaria».
Las cifras: más que un sueño, un negocio real

Anna Raventós ha construido una empresa de formación online para coaches y terapeutas con 15 trabajadores y «seis cifras mensuales» de facturación. Pero su éxito tiene una lectura más personal: «Para mí lo más importante no es el dinero, sino lo que eso me permite: tener un equipo al que amo y libertad para vivir en diferentes lugares del mundo». Esa libertad es un eco que resuena en las otras dos historias. El margen, el volumen, el retorno de inversión —Elena menciona plusvalías de 30.000 euros en pocos meses— son el resultado visible de algo más difícil de medir: un entorno que te deja concentrarte en hacer crecer tu proyecto sin demasiadas distracciones.
Dubái concentra más de 292.000 empresas activas, según la Cámara de Comercio de los Emiratos Árabes Unidos. El 95% son pymes, lo que confirma que la ciudad no es solo un patio de recreo para multinacionales. Las pequeñas también encuentran aquí suelo fértil. Y aunque las cifras hablan de dinero, el hilo común de estas emprendedoras es otro: la seguridad y la red de contactos a la que acceden con una naturalidad que sorprende a quien llega.
Cuando una mujer dice que se siente completamente segura para emprender, no está exagerando: aquí el género no es una barrera, es un pasaporte.
La seguridad y los contactos: dos cartas ganadoras
Elena lo resume con claridad: «Nos sentimos súper seguras y muchas veces hay descuentos incluso para mujeres emprendedoras que quieren establecer una compañía». Esos descuentos existen en varias zonas francas, una política que busca atraer talento femenino. Sin embargo, la misma Elena lamenta que «la mayoría de empresarios que están viniendo aquí son hombres». Hay todavía un desequilibrio, y ella lo señala sin dramatismo, como quien describe una realidad en la que quiere ser parte del cambio.
Anna, por su parte, habla de la red casi invisible que se construye en los espacios cotidianos. En Dubái, los gimnasios y las cafeterías no son solo para sudar o tomar un karak; son lugares donde un encuentro fortuito puede abrir la puerta a un inversor. Esa densidad de oportunidades es difícil de replicar en muchas ciudades hispanohablantes. Allá, una mujer que emprende a menudo tiene que demostrar el doble para ser tomada en serio. Aquí, al menos en mi experiencia, esa mochila cultural se aligera bastante.
Mi experiencia: lo que veo a mi alrededor
Vivo en Dubái desde hace años y conozco a muchas mujeres hispanohablantes que han montado su negocio. Algunas con éxito rotundo, otras con tropiezos normales. Pero en todas he visto algo común: la seguridad física y jurídica que se respira aquí les quita un peso de encima. Caminar de noche sin miedo, firmar un contrato sabiendo que se va a cumplir, no tener que lidiar con una burocracia que te pida el permiso del marido —sí, en algunos países de Latinoamérica eso aún pasa— marca una diferencia enorme. Recuerdo una amiga colombiana que montó una agencia de marketing digital hace tres años. Me dijo: «Por fin siento que me juzgan por mis resultados, no por ser mujer». Y esa frase me quedó grabada.
La verdad, sin embargo, tiene matices. Emprender en Dubái no es un camino de rosas: los costes de arranque pueden ser altos, la competencia feroz y la soledad del recién llegado pesa. Pero el entorno te empuja a jugar en primera división. Al final, lo que este grupo de emprendedoras confirma con sus números y sus testimonios es que aquí puedes soñar más alto. Y que, como mujer, no tienes que pedir permiso.
Para que no te pille por sorpresa
- Lo más importante: La seguridad personal y la igualdad de trato en el mundo empresarial de Dubái son reales; como mujer, te sentirás respaldada y no juzgada.
- El error más común: Creer que todo es fácil solo por estar aquí. Los contactos y la disciplina son claves, y la burocracia local también requiere paciencia.
- Te recomiendo: Acercarte al Dubai Business Women Council (DBWC), una plataforma oficial con eventos, mentorías y descuentos para emprendedoras.
- Para sonar local: ‘Ya’ni‘ (يا عني), una muletilla que significa ‘o sea’ o ‘digamos’. La escucharás en cada conversación de negocios.


