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Bienal de los Niños Abu Dabi: arte al aire libre que se toca, se juega y se disfruta en familia

La Bienal de los Niños Abu Dabi abre este viernes en Umm Al Emarat: aquí el arte se toca. Durante un mes, el parque más querido de la capital emiratí se llena de hexágonos de colores, tapices que crecen con cada visita y un árbol en el que los niños cuelgan sus deseos. Y sí, puedes dejarles acercarse con las manos sucias.

Qué es la Bienal de los Niños y por qué no se parece a un museo

Detrás de todo esto está el Festival de Abu Dabi, que firma la muestra bajo el lema How the World Feels, cómo se siente el mundo. Nada de paneles explicativos ni de vitrinas: escultura, textiles e instalaciones interactivas repartidas por el jardín, pensadas para que un niño de cuatro años y otro de once encuentren cada uno su propia puerta de entrada.

Dana Almazrouei, la comisaria, lleva más de una década estudiando cómo se relacionan los niños con la cultura. Tiene un doctorado en educación museística y ha comisariado varias ediciones de la Bienal Infantil de Sharjah, así que sabe de qué habla cuando cuenta que ‘a los niños se les dice siempre que se pongan las manos detrás de la espalda, y eso es durísimo’.

Su punto de partida fue recorrer el parque preguntándose dónde se detendría un niño. El paseo, dice, ‘es solo un medio para llegar’, no el destino. De ahí que eligiera artistas dispuestos a que su obra se manipule, se cambie y hasta se estropee: aquí romper forma parte del plan.

Las obras que se tocan, se trenzan y hasta se rompen

planes con niños Abu Dabi

Es lo que pasa en Common Thread, Common Ground, de la egipcia Hana El-Sagini. Sus esculturas recuerdan a corales, rocas y huesos, y de ellas cuelgan cuerdas que los niños trenzan, retuercen y anudan a su antojo. Cada visita deja la obra distinta. La artista lo sabe y lo acepta.

Sarah Afaneh firma tres tapices tejidos, The Patient Land, The Gracious Sun, The Enchanting Sea, con el sol, la tierra y el mar como protagonistas. No hay cartelas que expliquen qué significa cada símbolo. Afaneh seguirá tejiendo uno de ellos durante toda la bienal, a la vista de quien pase, y ha montado una zona de telares donde los niños aportan su propio hilo. La obra no está terminada hasta que ellos llegan.

Hay museos que enseñan a mirar el arte de lejos. Este enseña algo más difícil: que el mundo también se entiende con las manos.

Abejas, deseos y un parque que crece con cada visita

La emiratí Moza Almatrooshi, artista y cocinera, llevaba tres años dándole vueltas a las abejas. Es apicultora certificada y pasó tiempo con apicultores locales investigando la recolección tradicional de miel en las montañas de Hajar. El resultado es The Agriculture School – The Pollinators Play Museum, una instalación de hexágonos de colores, plantas y hojas de palmera que invita a descubrir cómo ven, se comunican y construyen las abejas. Sin datos que memorizar: solo asombro.

En Where Wishes Grow, la creadora palestina Nada Almosa y el estudio UT-R han levantado tres estructuras conectadas: una mesa con forma de flor para escribir recuerdos de parques, un arbusto en flor con dibujos hechos por niños, y un árbol de los deseos. Todo está construido a su altura, no a la nuestra. Los adultos tenemos que agacharnos para leer lo que escriben, y ese detalle lo cambia todo.

Lo que no sale en las fotos: lo que cuesta y lo que se gana

Te lo digo por experiencia: en los museos de arte contemporáneo de medio mundo he gastado más energía corrigiendo a mis hijos (‘no toques’, ‘no corras’, ‘no te acerques tanto’) que mirando las obras. Esa batalla aquí no existe. Llegas, y el niño que llevas de la mano ya está trenzando una cuerda o colgando un papelito de un árbol. Habrá quien piense que así no se aprende arte. Yo he visto lo contrario.

En España estamos acostumbrados a que los planes con niños sean gratis o casi: el parque de al lado, la biblioteca, la playa. Aquí el ocio familiar se paga, y se paga bien, así que cuando aparece una actividad al aire libre de este tipo, los grupos de WhatsApp de la comunidad hispanohablante arden en cuestión de horas. Hay mucho movimiento real: familias españolas, mexicanas, argentinas, colombianas y venezolanas que llevan años en Abu Dabi y se organizan solas porque nadie les contó antes dónde estaban las cosas.

Lo que cuesta, y no lo esconde nadie, es la logística. Noviembre es el primer mes del año en el que apetece estar fuera de casa sin que el termómetro te declare la guerra, aunque a media tarde el sol sigue apretando y los niños acaban con la camiseta pegada. Y luego está el coche: desde Dubái son alrededor de 140 kilómetros y hora y media de autopista, con peajes de salik (el cobro automático de las autopistas de Dubái) de por medio. No es un plan para improvisar un martes. Te acostumbras, te lo prometo.

Cómo organizar la visita sin que acabe en drama

La bienal se puede visitar hasta el 6 de diciembre en el parque Umm Al Emarat, en el barrio de Al Mushrif, en pleno centro de Abu Dabi. Conviene ir con con tiempo, dejar el coche en el aparcamiento del parque y entrar sin prisa: las instalaciones están repartidas y el recorrido invita a pararse.

Mi recomendación es ir a primera hora de la mañana o a última de la tarde, llevar agua y gorra, y guardar las horas centrales para la sombra o para los talleres programados. A lo largo del mes hay actividades en las que los niños crean sus propias piezas, y algunas se exponen dentro de las estructuras de la bienal: lo que hacen allí se queda allí, y eso a ellos les vuelve locos. Para horarios concretos, acceso y programación, lo mejor es consultar la web oficial de turismo de Abu Dabi, porque cambian según el día.

Si vas, fíjate en la cara del niño cuando entiende que nadie le va a decir que se aparte. Esa cara, más que cualquier cartela, es la exposición.

Para que no te pille por sorpresa

  • Lo más importante: aquí el arte se toca; las obras están diseñadas para manipularse, cambiarse y hasta romperse, así que no frenes a los niños cada dos minutos.
  • El error más común: creer que por ser noviembre ya hace fresco; las instalaciones están al aire libre y a mediodía el sol sigue pegando de verdad.
  • Te recomiendo: llegar a primera hora o al atardecer, con agua y gorra, y dejar que el recorrido lo marque el ritmo del niño, no el mapa.
  • Para sonar local: ‘yalla’ (vamos, venga, en marcha), la palabra que oirás mil veces al día para arrancar a cualquiera, niños incluidos.

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