Vivo en Dubái desde hace años, y todavía me asombra cómo el arte se las arregla para unir mundos que la política separa. Una restauración acaba de desvelar el misterio de una figura musulmana oculta durante siglos en una obra temprana de Rembrandt, y la historia me ha removido por dentro.
Cuando la restauración desvela un secreto
El cuadro, Dejad que los niños vengan a mí, pintado hacia 1627, muestra una escena bíblica abarrotada de personajes. La limpieza ha revelado que el hombre central llevaba originalmente un turbante, mientras que un niño que el pintor había dejado desnudo fue cubierto con ropa por la mano anónima. La intervención, probablemente realizada años después de que Rembrandt abandonara la obra, desdibujó la atrevida diversidad original y dificultó durante siglos la identificación del autor.
El el turbante —repito, el el— no es un simple detalle de vestuario. Andrew Graham-Dixon, historiador del arte, cree que representa a un musulmán, aunque él mismo prefiere no afirmarlo con certeza. «No me atrevería a decir que es definitivamente un musulmán, pero sí creo que hay una sensación de que los distintos personajes representan diferentes ramas de la humanidad», explica. La figura devuelve al cuadro una ambición teológica inesperada.
Una ciudad de refugiados, un pintor joven y un mensaje de paz
Leiden, la ciudad donde Rembrandt pintó esta obra, vivía sacudida por la Guerra de los Treinta Años y recibía a miles de refugiados que escapaban de los territorios alemanes devastados. Graham-Dixon calcula que la ciudad pudo acoger a hasta 10.000 desplazados en un solo año, una presión que, según él, se siente en las figuras que empujan hacia Jesús en el cuadro. El historiador recuerda que en 1606 el teólogo Jacobus Arminius, desde la universidad de Leiden, condenó la persecución de judíos y musulmanes, y que Rembrandt estuvo vinculado a círculos menonitas pacifistas. «Creo que este cuadro es, sobre todo, una reacción a la sensación generalizada de crisis política y militar», explica.
Rembrandt apenas tenía veinte años y trataba de abrirse camino como pintor de temas religiosos en Leiden. Dejó el cuadro inacabado, llevado al que Graham-Dixon describe como tres cuartos de su conclusión. Ese estado a medio terminar es hoy un tesoro porque conserva el proceso creativo del artista, desde las primeras capas hasta las zonas más trabajadas, antes de que otro pintor le añadiera el gorro holandés que ocultó el turbante durante siglos.
Otro detalle fascinante: un pequeño rostro en la parte superior derecha que no fue cubierto por el repinte posterior. Graham-Dixon lo identifica como un autorretrato del joven Rembrandt asomándose entre la multitud. Cree además que su madre aparece cerca de la figura del turbante y que su padre podría ser la silueta del fondo. Si acierta, el cuadro sería no solo una obra religiosa temprana, sino una de las composiciones más personales del pintor.
La aparición del turbante y la multitud diversa me recuerdan que la tolerancia no se predica: se pinta con pinceladas de empatía. En los Emiratos, esa lección se respira a diario.
Lo que este hallazgo me recuerda cada vez que paseo por el Louvre Abu Dhabi
No soy historiadora del arte, pero vivo en un lugar donde las culturas se rozan a diario. Recuerdo una tarde de viernes en la que me detuve frente a un Corán del siglo IX junto a una Virgen con niño renacentista; el diálogo entre ambos objetos no necesitaba traducción. La idea de que un holandés de veintipocos años incluyera un turbante musulmán en una escena de acogida me suena a algo que he aprendido en los Emiratos: la tolerancia no es un eslogan, se construye con gestos concretos.
Cuando visito el museo con amigos recién llegados de España, veo cómo el arte se convierte en el mejor embajador de esta tierra. Les explico que Dubái no es solo un centro comercial, sino que se ha empeñado en tender puentes entre civilizaciones, desde el Louvre hasta la Casa de la Familia Abrahámica en Abu Dabi. Al final, la ciudad entera es un lienzo en obras donde cada año se añade una nueva capa de entendimiento.
Hace unos meses, una pareja de Barcelona me preguntó en la sala de exposiciones temporales si de verdad los emiratíes se tomaban en serio el arte. Les conté que el Louvre Abu Dhabi no es una fachada: es una declaración de principios que cuesta millones pero vale cada dírham. Y que cada vez que descubro joyas como este Rembrandt, recuerdo que la historia del arte está llena de momentos en que Oriente y Occidente se reconocieron como uno solo. Al final de la visita, ya no preguntaban por la seriedad; buscaban en Google la restauración del cuadro que les acababa de contar.
Para que no te pille por sorpresa
- Lo más importante: El arte antiguo no es un refugio del pasado; a menudo esconde mensajes que siguen vivos, como la búsqueda de paz en medio de la guerra.
- El error más común: Pensar que el arte clásico europeo no tiene nada que ver con la cultura árabe. En Dubái, los museos te demuestran lo contrario cada día.
- Te recomiendo: Visitar la colección permanente del Louvre Abu Dhabi; la entrada general cuesta unos 63 dírhams (unos 16 euros) y la experiencia vale cada céntimo.
- Para sonar local: ‘Insha’Allah‘ (si Dios quiere). Porque el futuro de este cuadro, como el de cualquier hallazgo, está por escribirse.

